personas que he conocido casi siempre entraron con vergüenza.
No contestó.
Pero sonrió.
Otra de esas sonrisas pequeñas suyas.
Pasaron los días.
En la panadería, el dibujo empezó a hacer algo curioso.
No era grande.
No tenía colores perfectos.
Yo salía con unos brazos demasiado largos y la campanita parecía una lámpara.
Pero la gente lo miraba.
Algunos sonreían.
Otros se quedaban callados.
Una señora mayor, de esas que compran una barra pequeña y preguntan por todo el barrio, se acercó un día al mostrador y me dijo:
—Andrés, ese