visto crecer a niños, envejecer a vecinos y entrar a personas que no venían solo por pan. A veces venían porque necesitaban que alguien les dijera buenos días mirándolos a los ojos.
Eso también alimenta.
Cada mañana, más o menos a la misma hora, entraba Miguel.
Era albañil.
Un hombre de unos cuarenta y tantos, fuerte, callado, con las manos grandes y la ropa marcada por el trabajo. Siempre llevaba las botas con polvo, la chaqueta algo gastada y esa cara de quien ya lleva horas encima antes de que