otros hayan empezado el día.
Pero era de los clientes más educados que yo tenía.
Siempre decía:
—Buenos días, Andrés. Lo de siempre, por favor.
Y yo ya sabía.
Dos porciones de empanada.
Siempre dos.
Nunca un café.
Nunca un dulce.
Nunca una queja.
Dejaba las monedas exactas sobre el mostrador, tomaba su bolsa de papel y se marchaba con un gesto amable.
Durante mucho tiempo me pregunté para quién era la segunda porción.
Pero nunca se lo pregunté.
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En una panadería uno aprende a