esa sonrisa vi algo que me dejó pensando toda la tarde.
A veces los niños no necesitan grandes discursos.
Necesitan un adulto que reciba lo que traen en las manos y no lo haga sentir pequeño.
El lunes siguiente, Miguel no vino.
Pensé que estaría en otra obra.
El martes tampoco.
El miércoles miré la puerta demasiadas veces.
La campanita sonaba con otros clientes, pero no era él.
Uno aprende las rutinas de la gente sin darse cuenta.
La señora que compra pan sin sal.
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