El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

esperaba.

Pero volvió.

Fue el viernes por la mañana.

Entró cuando había poca gente.

La campanita sonó y levanté la vista.

Allí estaba.

El mismo abrigo claro.

El mismo bolso.

El pelo perfecto.

Pero el rostro era distinto.

No venía con la barbilla alta.

Venía con los ojos cansados.

Se quedó cerca de la puerta, como si no supiera si tenía derecho a cruzar del todo.

Yo seguí colocando barras.

No dije nada.

Ella respiró hondo.

—Buenos días.

—Buenos días.

Hubo un silencio incómodo.

De esos que parecen tener esquinas.

—