respetar los silencios. No todo el mundo quiere explicar lo que le duele.
Aquella mañana había varias personas esperando.
Miguel entró despacio, como siempre. Se quedó al final de la fila, procurando no rozar a nadie. Traía algo de polvo en las mangas y en las botas. Nada exagerado. Nada sucio de verdad. Solo la marca normal de quien trabaja con las manos.
Detrás de él entró una mujer muy arreglada.
Tendría unos cincuenta y tantos años. Abrigo claro, bolso caro, pelo perfecto, uñas impecables. De esas personas que parecen