siguiera sonando.
La miré.
No era cara.
No era lujosa.
Pero tenía algo hecho con paciencia.
Con manos de trabajador.
Con respeto.
La instalamos entre los dos.
Lucía nos daba instrucciones como si fuera la jefa de obra.
Teresa, que llegó justo en ese momento, sostuvo la escalera desde abajo.
Una señora mayor vigilaba que nadie empujara.
Un niño preguntaba si podía tocarla.
Cuando terminamos, abrí la puerta y volví a cerrarla.
La campanita sonó.
Más clara que nunca.
Todos nos quedamos escuchándola.
Yo sentí un nudo en la garganta.