El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

luces.

Preparé el café.

Metí las primeras barras en las cestas.

Y esperé a que sonara la campanita.

A las ocho y diez, Miguel entró.

Esta vez no venía solo.

Venía con Lucía y con una caja pequeña.

—No es gran cosa —dijo.

Cuando alguien dice eso, casi siempre trae algo que sí lo es.

Abrió la caja.

Dentro había una campanita nueva para la puerta.

Sencilla.

De metal.

Con un sonido claro y limpio.

—La vieja está un poco cansada —dijo Miguel—. La arreglé con un compañero. Queríamos que