El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

unas barras en la mano y sentí que se me apretaba el pecho.

Miguel bajó la cabeza.

No contestó.

No se defendió.

No se enfadó.

Solo dio un paso hacia un lado, como si de verdad creyera que estaba molestando.

Después murmuró:

—Puedo volver más tarde, Andrés.

Esa frase me dolió.

Porque no sonaba a educación.

Sonaba a costumbre.

A alguien que ya había aprendido demasiadas veces a hacerse pequeño para no incomodar a otros.

Miré sus manos.

Eran manos agrietadas, cansadas, con marcas que no se van con jabón.