El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

Manos que levantan paredes, cargan sacos, arreglan cosas rotas.

Manos que muchos necesitan, pero pocos agradecen.

Entonces tomé las dos mejores porciones de empanada que tenía en la bandeja. Las metí en una bolsa de papel y se las puse delante.

—Tú no vuelves más tarde —le dije—. Tú estás en tu turno.

Miguel levantó la vista, incómodo.

—No quiero problemas.

—No los estás causando tú.

La mujer se acercó al mostrador con la barbilla alta.

—Bueno, si ya terminó el espectáculo, me atiende a mí.

La miré con calma.