Ni siquiera yo.
Samuel me preguntó una vez:
—¿No te molesta perder poder?
—No.
—La mayoría de los propietarios quieren más.
—Aprendí que una empresa que depende demasiado de confiar en una sola persona no tiene controles. Tiene fe.
Él asintió.
—Eso debería ir en una pared.
—No. Bastante sufrí para aprenderlo.
A los cincuenta y siete vendí la casa donde había vivido con Ricardo durante veinticuatro años.
Fue más difícil de lo que esperaba.
La última noche caminé por cada habitación.
La cocina donde Daniel había hecho sus tareas.