y otra vez.
Daniel se quedó junto a mí.
—¿Por qué aquí?
Toqué la piedra.
—Porque tu abuelo me advirtió.
—¿De Laura?
—No. De tu padre.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué sabía?
—Nunca me lo dijo con claridad.
Y aquello me molestó de pronto.
Cinco años después de su muerte, todavía podía sentir la frustración de aquellas conversaciones.
Mi padre decía:
“Ricardo quiere controlar demasiado.”
Yo respondía:
“Solo está intentando sacar adelante la empresa.”
Mi padre decía:
“No pongas todas tus decisiones en sus manos.”
Yo:
“Es mi esposo.”
Una