A los 56 años vi a mi esposo salir de un motel abrazando a mi nuera

Molina.

Mi esposo, Ricardo Valdés, había sido el amor de mi vida durante más de tres décadas.

Nuestro hijo Daniel acababa de casarse con Laura hacía tres meses.

El día de la boda, Daniel la miraba como si hubiera encontrado a la mujer con quien quería envejecer.

Yo lloré tanto que arruiné el maquillaje.

Ricardo me tomó de la mano y me dijo:

—Lo hicimos bien, Teresa. Criamos a nuestro hijo y ahora tiene su propia familia. Por fin nos toca disfrutar.

Recordar esas palabras todavía me revuelve el estómago.