Un mes antes de descubrirlos, Ricardo había empezado a llegar tarde.
“Reuniones.”
“Clientes.”
“Problemas en la empresa.”
Su camisa olía a un perfume que no era mío y llevaba el teléfono hasta al baño.
Una noche pregunté:
—¿Me estás ocultando algo?
Me miró con fastidio.
—Tienes 56 años, Teresa. ¿De verdad vas a empezar ahora con escenas de celos?
Y me avergoncé.
Después de 31 años, pensé que desconfiar de él era casi insultante.
Hasta aquel jueves.
La tableta familiar se encendió mientras yo estaba preparando café.
Apareció un mensaje.