insistió.
Lo miré.
—¿Qué?
—No te acuerdas.
Sí me acordaba vagamente.
Ricardo había llegado a casa un sábado diciendo que había una chica nueva en administración, inteligente, educada, “demasiado buena para seguir soltera”.
Había bromeado con Daniel.
—Deberías invitarla a tomar café. A ver si por fin dejas de vivir en el hospital.
En aquel momento nos pareció el típico comentario de un padre deseoso de ver casado a su hijo.
Daniel me miró.
La misma idea acababa de golpearnos a los dos.
—Él nos presentó.
No dije nada.
—Papá