A los 56 años vi a mi esposo salir de un motel abrazando a mi nuera

esperaba encontrarlo despierto.

Llevaba pantalones deportivos y una camiseta gris. Había dos vasos sobre la mesa.

Uno tenía whisky.

Me miró entrar.

—¿Dónde estabas?

Dejé el bolso lentamente.

—Conduciendo.

—Te escribí.

—Lo vi.

—No respondiste.

—No tenía nada que decir.

Ricardo dejó el vaso.

—Teresa.

Nunca antes mi nombre en su voz me había parecido una advertencia.

Me quité el abrigo.

—Estoy cansada.

—¿Me seguiste?

Lo miré.

Treinta y un años.

Habíamos pagado juntos nuestra primera hipoteca.

Habíamos enterrado a su madre.

Él había dormido sentado junto a mi cama