le dijo:
—Cuida a tu esposa.
Tuve que morderme la lengua para no gritar.
—Vete de esta casa.
Ricardo se giró.
—No seas ridícula.
—Vete.
—También es mi casa.
—Esta noche duerme donde quieras. Mañana hablamos con abogados.
Su expresión cambió de verdad.
Hasta ese instante todavía creía que la discusión pertenecía al terreno emocional.
Esposa.
Infidelidad.
Perdón.
Cuando dije “abogados”, algo distinto apareció en sus ojos.
Miedo.
Fue rápido.
Pero lo vi.
—No necesitas convertir esto en una guerra.
—Yo no la convertí en nada.
—Treinta y un años,