A los 56 años vi a mi esposo salir de un motel abrazando a mi nuera

servicios sí se habían prestado.

Otros estaban inflados.

Otros no tenían respaldo suficiente.

Y aproximadamente ciento setenta mil habían terminado, a través de varias transferencias, en una cuenta vinculada a una sociedad inmobiliaria controlada por Ricardo.

Cuando Lucía me enseñó los documentos, sentí que llevaba semanas envejeciendo por años.

—¿Puede ir a prisión?

—No voy a adelantarte eso.

—¿Por qué?

—Porque dependerá de qué se demuestre, de las explicaciones contables y de qué autoridades intervengan.

Asentí.

Había algo casi reconfortante en la frialdad de Lucía.

No prometía venganza.

Prometía procedimiento.