Durante seis años viví como viudo, dedicado a mi trabajo y a mi hija Valeria, hasta que Leticia apareció para convencerme de que todavía podía encontrar la felicidad.
Nos conocimos cuando llegó a mi oficina solicitando un presupuesto para un terreno de su hermano Octavio. El trabajo nunca se realizó, pero ella empezó a visitarme. Era cariñosa, comprensiva y parecía interesarse sinceramente por mi soledad.
Catorce meses después nos casamos frente a ciento cincuenta invitados.
Lo último que recordaba era nuestro brindis. Leticia me entregó una copa de cristal con