Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

—Llevo tres años esperando que alguien me diga la verdad sobre mi hijo —susurró—. Díganme dónde están.

Fuimos a visitarla.

Vivía en un cuarto modesto, cerca de un mercado de Guadalajara. Era una mujer pequeña, de cabello blanco, que conservaba las fotografías de Gerardo cuidadosamente ordenadas.

Al ver a Anselmo, lo reconoció inmediatamente.

El anciano se quitó la gorra.

—Señora, tengo que pedirle perdón. Vi mover un dedo de su hijo antes de que lo cremaran. Intenté avisar, pero nadie me creyó. Nunca tuve valor para contárselo.

Doña Socorro se