Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

me dijo Adriana—, la cantidad que quedó en esa copa puede ayudar a explicar por qué perdiste el conocimiento. Necesitamos que un perito confirme todo, pero esto ya no parece un accidente.

Recordé el vino derramándose sobre mi camisa.

Aquel movimiento involuntario de mi amigo probablemente me había salvado la vida.

Sin embargo, había otra víctima cuya historia necesitábamos conocer.

Anselmo conservaba el teléfono de doña Socorro, la madre de Gerardo, el hombre fallecido tres años antes.

Cuando la llamamos y le explicamos lo ocurrido, tardó varios segundos en responder.