Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

las personas que lloraron mi muerte sepan quién organizó ese funeral.

Después de valorar los riesgos, acordamos que entraría acompañado y bajo protección de los agentes.

A las cinco de la tarde llegamos a la funeraria.

En la entrada había un letrero con mi nombre completo.

Arturo Mendoza. Descanse en paz.

Al verlo, sentí una extraña mezcla de rabia y tristeza.

En aquella sala había más de cien personas. Mis trabajadores, vecinos, familiares y amigos se habían reunido alrededor de un ataúd cerrado.

Había flores blancas, veladoras y una fotografía