de mis trabajadores.
—¡Don Arturo! —exclamó, dejando caer su sombrero.
Varias personas voltearon.
Una señora gritó.
El murmullo se convirtió en un estruendo de voces.
Leticia dejó de hablar.
Cuando nuestros ojos se encontraron, perdió completamente el color del rostro.
Su micrófono cayó al suelo.
Me detuve frente al ataúd.
—Buenas tardes —dije—. Parece que llegué a tiempo para mi propio funeral.
Nadie sabía qué hacer.
Entonces Leticia reaccionó.
Comenzó a llorar y corrió hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Arturo, mi amor! ¡Estás vivo! ¡Es un milagro!
Levanté una