Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

Sufriste algo terrible…

—Escuché cuando ordenaste que me cremaran sin autopsia. Escuché cuando discutiste con Octavio porque no encontraba la copa.

Mi voz se quebró.

—Y te sentí quitándome el anillo. Eso fue lo que más me dolió. Ni siquiera habías terminado de matarme y ya estabas despojándome de lo último que me habías puesto en la mano.

Leticia se volvió hacia Octavio.

—¡Tú me aseguraste que estaba muerto!

—¡Cállate! —respondió él.

—¡Tú dijiste que había sido suficiente!

—¡Que te calles!

La sala quedó en completo silencio.

Mauricio se adelantó