Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

supuesto hermano que te acompañó al altar. Mi hijo también murió después de beber de una copa que tú le entregaste.

Luego hizo una pregunta que nadie había conseguido responderle durante tres años.

—¿Mi hijo ya estaba muerto cuando lo llevaron a la morgue?

Leticia bajó la cabeza.

Octavio intentó dirigirse a la puerta, pero los agentes le impidieron salir.

Ambos fueron detenidos conforme avanzó la intervención de la Fiscalía.

Valeria se acercó a mí llorando.

Leticia intentó hablarle.

—Hija, tienes que creerme. Yo te quiero.

Mi hija se detuvo.