Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

—Me abrazaste toda la noche mientras lloraba por mi papá. ¿Cómo pudiste hacerlo sabiendo lo que le habías hecho?

Leticia no respondió.

Cuando los agentes se la llevaron, ya no había lágrimas en su rostro.

Solamente rabia.

El personal abrió el ataúd por indicación de las autoridades.

Dentro encontraron varios costales utilizados para simular el peso de un cuerpo.

Aquella imagen terminó de convencer a quienes todavía pensaban que todo era una confusión.

Mi funeral había sido organizado alrededor de una caja vacía.

Pero la historia no terminó aquella tarde.