empezar por algo que mi madre siempre decía cuando éramos pequeñas:
—Elena, tú eres la mayor. Tienes que comprender a tu hermana.
Mariana era cuatro años menor que yo. Si quería mis juguetes, debía prestárselos. Si lloraba porque deseaba mi vestido nuevo, mi madre terminaba convenciéndome de regalárselo. Cuando cumplí quince años, incluso tuve que cancelar mi fiesta porque Mariana quería que le compraran una bicicleta.
Siempre había una razón para que yo cediera.
Crecimos así. Yo aprendí a sacrificarme para mantener la paz, mientras Mariana aprendió que bastaba con