hija a cada consulta médica.
Su recuperación fue lenta.
La quemadura de la mejilla mejoró considerablemente, aunque quedó una línea clara cerca de la oreja.
Al principio escondía aquella marca detrás del cabello.
Un día, varios meses después, salió de su habitación con una coleta alta.
—Mamá, ya no quiero esconderla.
La observé en silencio.
—¿Estás segura, mi amor?
—Sí. Yo no hice nada malo. No tengo por qué sentir vergüenza.
La abracé tan fuerte que ambas comenzamos a llorar.
Mientras tanto, el proceso judicial continuaba.
Los informes médicos, los