pudiera responder, Valeria intervino:
—Mamá no me ha dicho nada. Tú sabes perfectamente por qué no quiero abrazarte.
Durante la ceremonia, mi hija permaneció silenciosa. Mientras todos aplaudían a los recién casados, ella observaba a su padre y a Mariana con una expresión que nunca le había visto.
Después comenzó el banquete.
Mi madre brindó deseando que los novios jamás conocieran una traición. Valeria soltó una risa amarga que casi nadie escuchó.
Una hora después, recibí un mensaje suyo.
«Mamá, ven al pasillo de servicio. Sola. Tengo que enseñarte algo».