ese mismo día.
Ahora, el reloj seguía marcando el
tiempo.
Ella estaba muerta.
Yo estaba vivo.
Y en mis manos sostenía algo que explicaba una parte de
mivida, al mismo tiempo que hacía que todo fuera aún más difícil de comprender.
No había nadie más en la casa.
Los familiares llegarían en unas horas.
Tenía que hacer llamadas para organizar el funeral, terminar la lista de invitados y buscar la camisa negra. En lugar de eso, abrí sobres que habían estado guardados desde