los brazos cruzados, mirándome con satisfacción, como si por fin se hubiera deshecho de alguien a quien nunca aceptó.
A su lado, Lucía —mi cuñada— sonreía con esa expresión que siempre usaba cuando sabía que yo estaba sufriendo. “Vete ya,” murmuró. “Te quedaste demasiado tiempo.”
Mateo, mi exesposo, no salió a despedirse. Ni siquiera dijo adiós. Tal vez estaba dentro de la casa. O tal vez se había ido temprano para evitar este momento.
Pero ya no importaba.
No exigí nada. No discutí. No pedí explicaciones. No lloré. Solo llevaba
Mi matrimonio terminó después de cinco años. Sin hijos. Sin bienes a mi nombre. Ni siquiera una sola palabra pidiéndome que me quedara.