la ropa puesta y un pequeño bolso.
Incliné ligeramente la cabeza. “Me voy.”
Nadie respondió.
Me di la vuelta hacia la reja.
Justo cuando la toqué, una voz me llamó.
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“Valeria.”
Era mi suegro. Don Ernesto Rivera.
Durante cinco años, casi no habló conmigo. Siempre callado. Siempre distante. Sentado solo en el patio con su periódico o cuidando sus cactus, como si toda la tensión de la casa no tuviera nada que ver con él.
Me giré. Estaba junto al bote de basura, sosteniendo