me hizo una seña para que tomara asiento.
Recordé aquella tarde en que lo había encontrado solo frente a sus frijoles fríos. Entonces tenía una casa enorme, dinero suficiente y dos hijos que decían preocuparse por él. Sin embargo, no tenía a nadie con quien compartir la cena.
Don Ernesto no se había vuelto más rico ni más joven. La traición le había dejado heridas difíciles, pero ahora tenía enfrente a alguien que le discutía la sal, le recordaba sus medicamentos y esperaba su regreso.
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