responder por el dinero recibido; Salvador seguía tratando de recuperarlo. La casa no había sido vendida.
Una tarde llegué con un recipiente de calabacitas guisadas. Antes de entrar escuché a don Ernesto protestar desde la cocina:
—¡Elena, otra vez me pusiste la comida sin sal!
—¡Y tú otra vez quieres comer como si el doctor no te hubiera dicho nada! —respondió ella.
Lo encontré sentado frente a un plato caliente, mientras Elena acomodaba las tortillas en un servilletero. Los dos discutían, pero ambos sonreían. Don Ernesto levantó la vista y