Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

coche, en el estacionamiento. Sí, Paola ya existía desde entonces. Paola existía mucho antes del accidente del autobús. Yo simplemente no lo sabía. A decir verdad, yo no sabía muchas cosas hasta que me morí.

En la morgue lo recibió Don Ramón, el encargado. Cincuenta y cinco años, treinta y dos de ellos trabajando entre muertos. Lo conocí tiempo después, y me describió la actitud de Diego con la frialdad de quien cuenta una anécdota macabra. “Llevaron a seis personas”, me dijo Don Ramón. “Cuatro mujeres, dos hombres. De las