A las ocho de la mañana siguiente entré a Casa Robles con mi abogado.
No despedí a nadie.
No convoqué una reunión familiar.
No llamé a Beatriz.
Primero preservamos los registros.
Accesos.
Correos.
Versiones de documentos.
Cámaras de seguridad.
Historial de impresión.
Y, sobre todo, el archivo original de la carta de despido.
Mi abogado, Arturo Salas, me detuvo cuando quise llamar inmediatamente a Sebastián.
—Teresa, todavía no.
—Esa es mi firma.
—Una imitación de su firma.
—Alguien despidió a mi hija utilizando mi nombre.
—Precisamente por eso no debemos