Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

cien por ciento seguro. Y él me contestó sin titubear: ‘Segurísimo. ¿Dónde firmo?’”.

Medio minuto. Treinta malditos segundos. Don Ramón me juró que vio el reloj colgado frente a la puerta. Medio minuto. En treinta y dos años, ese hombre había visto a familias enteras colapsar, gritar de dolor, desmayarse, caminar por los pasillos durante horas sin valor para entrar, aferrarse a la esperanza de que hubiera un error. Pero Diego solo necesitó medio minuto y un bolígrafo. Don Ramón llegó a pensar: “O este tipo tiene nervios de acero,