cien por ciento seguro. Y él me contestó sin titubear: ‘Segurísimo. ¿Dónde firmo?’”.
Medio minuto. Treinta malditos segundos. Don Ramón me juró que vio el reloj colgado frente a la puerta. Medio minuto. En treinta y dos años, ese hombre había visto a familias enteras colapsar, gritar de dolor, desmayarse, caminar por los pasillos durante horas sin valor para entrar, aferrarse a la esperanza de que hubiera un error. Pero Diego solo necesitó medio minuto y un bolígrafo. Don Ramón llegó a pensar: “O este tipo tiene nervios de acero,