esta pesadilla.
Cuatro años antes había sufrido un derrame cerebral que la dejó sin poder caminar y con enormes dificultades para hablar. Desde entonces, yo me encargaba de bañarla, cambiarla, darle sus medicamentos y ayudarla a comer.
No voy a mentir: había días en que terminaba agotada. Pero Elena siempre encontraba la manera de agradecerme. A veces bastaba con apretarme suavemente la mano.
Aquella tarde regresé del mercado de Santa Tere con unas bolsas de verduras. Entré a su habitación para saludarla y me quedé helada.
Su vientre estaba tan