hinchado que parecía el de una mujer con ocho meses de embarazo.
—¡Daniel, ven inmediatamente!
Mi esposo llegó corriendo. Cuando levantó la cobija, retrocedió horrorizado.
—¿Qué le pasó a mi mamá?
Le toqué suavemente el abdomen. Estaba tenso, demasiado grande. Elena respiraba con dificultad y tenía los ojos llenos de lágrimas.
Lo más extraño era que yo había notado cierta inflamación durante las últimas semanas, pero Arturo, mi suegro, insistía en que era algo normal de su edad.
—Necesitamos llevarla al hospital —dije.
Arturo apareció en la puerta.
—Es retención