Después de cuatro años postrada en una cama, mi suegra amaneció con el abdomen tan hinchado que apenas podía respirar. “Si la llevan al hospital, se arrepentirán”, nos advirtió mi suegro. Yo llamé a emergencias mientras mi esposo revisaba la grabación de una cámara escondida. Apenas aparecieron las imágenes de la noche anterior, comprendimos que aquella amenaza ocultaba algo mucho más terrible.

Elena siempre que el hospital nos lo permitía.

Su vientre disminuyó de tamaño después de que los médicos trataron la acumulación de líquido, pero el daño en sus órganos era muy grave.

Una tarde, Daniel me preguntó algo que todavía recuerdo palabra por palabra.

—Lucía, ¿cómo pude vivir en esa casa sin darme cuenta?

Estábamos sentados frente a una máquina de café del hospital.

Tenía los ojos hundidos y llevaba dos noches durmiendo apenas unas horas.

—Yo veía cómo mi papá te gritaba —continuó—. Veía cómo trataba a mi mamá.