miedo.
Daniel había callado por respeto.
Y yo había callado demasiadas veces para evitar discusiones.
Ese silencio le había permitido actuar durante demasiado tiempo.
Los siguientes días fueron difíciles.
Los médicos consiguieron estabilizar algunos de los valores de Elena, pero su organismo seguía muy debilitado.
Cada mañana esperábamos noticias con una esperanza que parecía hacerse más pequeña.
A veces abría los ojos cuando escuchaba nuestras voces.
Otras veces permanecía profundamente dormida.
Yo le llevaba su crema de manos favorita y le hablaba de cosas sencillas: las plantas del patio, las