flores que comenzaban a abrirse y las vecinas que preguntaban por ella.
No quería que sus últimos recuerdos fueran solamente hospitales, policías y sufrimiento.
Una mañana, mientras le acomodaba la almohada, Elena abrió los ojos y me miró fijamente.
Movió la mano con dificultad.
La tomé entre las mías.
—Aquí estoy, mamita. No me voy a ir.
Sus labios se separaron.
Tardó varios segundos en conseguir pronunciar unas palabras.
—Gracias… hija…
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Nunca me había llamado hija.
Durante cuatro años yo había sido su