que le habían arrebatado.
El funeral se celebró bajo una lluvia ligera.
Vinieron familiares, vecinos y algunas personas que habían conocido a Elena antes del derrame cerebral.
Doña Ofelia llegó con un ramo de flores blancas.
Me abrazó y lloró conmigo.
—Era una buena mujer, Lucía. No merecía nada de esto.
Miré su fotografía sobre el ataúd.
Sonreía como la recordaba cuando todavía podía caminar: con el cabello arreglado y aquella mirada dulce que rara vez mostraba tristeza.
Daniel permaneció mucho tiempo frente a ella.
Finalmente dijo en voz baja:
—