estaba celebrando que su padre fuera a prisión.
Estaba llorando porque habría dado cualquier cosa por cambiar aquel día y volver a encontrar a su madre sana en la cocina.
Al salir del tribunal, me tomó de la mano.
—Ahora entiendo algo, Lucía.
—¿Qué cosa?
—Mi mamá no necesitaba que yo obedeciera a mi papá. Necesitaba que yo la defendiera.
No supe qué contestar.
Simplemente lo abracé.
Tiempo después nos mudamos a una casa pequeña, lejos de los recuerdos de aquella habitación.
Conservamos algunas cosas de Elena: su fotografía favorita,