broma cruel.
Eran casi las doce y media de la noche en un hotel boutique de San Miguel de Allende, donde mi familia y la de Diego habían llegado desde Ciudad de México, Puebla y Querétaro para celebrar la boda que yo llevaba un año planeando. Mi vestido colgaba dentro de una funda blanca junto al espejo, los zapatos estaban acomodados debajo de una silla, y sobre la mesa tenía mis votos escritos a mano, todavía manchados con una lágrima que se me había escapado al leerlos por última vez.