Mi esposo me golpeó hasta dejarme inconsciente cuando yo tenía seis meses de embarazo. Su madre aplaudió mientras él me golpeaba, su padre se rio y su hermana grabó todo con su teléfono. Aquella madrugada, mientras intentaba proteger a mi hija, comprendí que ninguno de ellos pensaba ayudarme. Lo único que podía salvarnos estaba escondido detrás de una silla, a unos pasos de mí, pero Víctor estaba decidido a impedir que lo alcanzara.

Al cuarto día, los médicos consideraron posible darme el alta bajo indicaciones estrictas y con seguimiento del embarazo.
En el alojamiento temporal comencé a comprender cuánto había perdido durante mi matrimonio. Antes trabajaba llevando registros administrativos, pero había renunciado después de que Víctor insistiera en que debía descansar durante el embarazo. Desde entonces, él controlaba el dinero, las compras y

mis comunicaciones. Cualquier gasto necesitaba una explicación. Ahora tendría que reconstruir mi independencia mientras continuaba recuperándome de las lesiones.
Una abogada llamada Adriana comenzó a asesorarme. Revisó los documentos médicos,