la alternativa era demasiado incómoda.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora no sé si me importa.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Adrián.
“¿Dónde estás?”
Segundo mensaje.
“Ya terminó el juego. Sube al escenario.”
Tercero.
“Elena, no hagas esto hoy.”
Miré la pantalla.
Mateo también.
—¿Vas a contestar?
Apagué el teléfono.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—Tú tampoco deberías contestarle a Camila.
Mateo sacó su teléfono.
Tenía nueve llamadas perdidas.
Cinco mensajes.
El último decía:
“Mateo, ¿dónde estás? Adrián dice que Elena tampoco aparece. No seas ridículo.”
Mateo leyó la frase.