un hombre que te reconoce por una pulsera y decide soltarte también parece una locura.
No pude evitar sonreír.
Victoria continuó:
—No necesitas decidir en treinta segundos. Pero si vas a hacerlo, hazlo porque quieres entrar en otra vida, no porque quieres castigar a un hombre en la planta de abajo.
Aquella frase se me quedó dentro.
No quería castigar a Adrián.
Al menos no únicamente.
Quería detener algo.
Una repetición.
Una certeza.
Una versión de mi futuro donde yo siempre era la mujer que esperaba.
Mateo habló entonces.
—No