no exactamente.
El primo palideció.
—Voy a llamar a Adrián.
—Hazlo —dije.
Salió casi corriendo.
Clara me miró.
—Se acabó la tranquilidad.
—Mejor.
No tardó ni cinco minutos.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Adrián salió primero.
Camila detrás.
Después media docena de amigos.
Mi madre.
Mi padre.
Los padres de Adrián.
Gente que ni siquiera sabía cómo había descubierto dónde estábamos.
Adrián caminó directo hacia mí.
—¿Qué significa esto?
Su cara estaba roja.
Nunca lo había visto así.
—Significa exactamente lo que ves.
Miró el letrero.
Después a Mateo.