salió con una facilidad que me sorprendió.
—No.
Mi madre asintió.
Una sola vez.
—Entonces aquí termina esa boda.
Adrián dio un paso hacia mí.
—No puedes cancelar siete años así.
—Tú soltaste mi muñeca en un segundo.
Se quedó inmóvil.
Lo había entendido.
—Sabías que era yo —continué.
—Elena…
—La pulsera.
Miré su muñeca.
Él todavía llevaba la suya.
—La tocaste.
Todos miraron.
Adrián bajó los ojos.
—No sabía con certeza.
—Mentira.
—No puedes probar eso.
—No necesito hacerlo.
Toqué mi pulsera.
—Tú mismo dijiste durante siete años que